Cuando el periódico inglés The Guardian le preguntó qué frase escogería para su epitafio él respondió: “Alguien a quien no le importa cómo será recordado”. Quizá en ese momento, en plena campaña electoral, le tuviera sin cuidado, pero hoy, Nicholas William Peter Clegg puede estar seguro de que se le recordará como alguien que se salió con la suya.Nick Clegg, líder del Partido Liberal y nuevo vice primer ministro de Inglaterra tras la alianza con el conservador David Cameron, vivió un ascenso meteórico en los últimos meses. De ser un candidato prácticamente desconocido, políglota ex miembro del parlamento europeo, llegó a convertirse en el hombre que cimbró el añejo bipartidismo inglés y que, quizá, llegue a dinamitarlo.
Acostumbrados desde hace más de 200 años a elegir entre dos fuerzas políticas -conservadores y wighs en el siglo XVIII, conservadores y laboristas hoy-, los ingleses vieron sorprendidos cómo un tercero acaparaba los reflectores de la prensa, ganaba los primeros debates en la historia electoral de ese país y hacía de una de sus propuestas de campaña el tema principal en las pláticas cotidianas.
Carismático, Clegg construyó en torno a sí una burbuja que muchos previeron explotaría en los comicios de la semana pasada. Acosado por la prensa pro conservadora, que llegó a calificarlo de nazi y niño rico, el político de 43 años dominó las encuestas de popularidad que lo posicionaron aún por encima de Winston Churchill en su época y le granjearon los comparativos con Barack Obama.
A la par de la economía, punto central en el discurso de laboristas y conservadores, Clegg puso en la palestra un tema espinoso en el ambiente político ingles: el de la reforma electoral.
Si bien la discusión se ha planteado en años anteriores, nunca ha estado más cerca de materializarse ahora que Clegg es el segundo al mando en el gobierno y que tiene la posibilidad de reclamar puestos importantes en el gabinete para su partido, a cambio de una coalición duradera con los tories.
La propuesta de Clegg no es cualquier cosa, busca modificar uno de los sistemas electorales más antiguos y más complejos del mundo, que durante siglos ha permanecido inmutable a pesar de ser francamente injusto.
Una somera explicación de su funcionamiento sería así:
Inglaterra se divide en 650 distritos en los que se elige a igual número de representantes a la Cámara de los Comunes, la más poderosa en el país. El sistema de elección directa permite a los ciudadanos votar por quien desean que los represente en la Cámara, de forma similar a como se hace en México con los diputados de mayoría relativa.
El líder del partido que obtenga el mayor número de miembros del Parlamento es quien será nombrado primer ministro, es decir, los electores no votaron directamente por Clegg, Cameron o Brown. Así, un partido puede gobernar a pesar de no haber obtenido la mayoría de votos, siempre que domine la Cámara.
La cuestión se complica con la repartición de escaños en el Parlamento. Los partidos deben obtener la mitad más uno de los puestos, es decir 326, para formar un gobierno fuerte, en caso contrario deberán recurrir a alianzas, como ha sucedido este año.
La injusticia se presenta para las fuerzas políticas menores. La llamada ‘ley del cubo’ permite a los partidos dominantes aumentar considerablemente el número de sus parlamentarios en detrimento de los rivales menos poderosos de la siguiente forma:
Con el 36% de los votos, los conservadores tienen el 47% de los diputados; los laboristas lograron el 29% de los votos y aún así se quedarán con el 39% de los escaños, mientras que los liberales, con una votación de 23% sólo tendrán el 8% de parlamentarios. He ahí la paradoja.
La reforma electoral que impulsa Clegg, y que al parecer será uno de los primeros puntos que discutirá el nuevo gobierno, propone una curiosa forma de votación. En ella los ciudadanos elegirán no a un candidato al Parlamento, sino que podrán votar por una segunda, tercera y cuarta opción con el fin de que los votos se dividan entre los contendientes.
Esta fórmula permitiría un reparto más equitativo de los escaños. Aplicada a las elecciones recientes, los conservadores dominarían el 37% de la Cámara, los laboristas el 31% y los liberales el 27%.
Ya en la campaña se podía vislumbrar el futuro de las discusiones en caso de que se formara un gobierno de coalición liberal-conservadora. David Cameron criticó la propuesta de Clegg al considerar que otorgaría todo el poder a los partidos políticos, mientras el líder liberal advertía que la reforma sería el primer paso que daría el gobierno, fuera del color que fuera.
Hoy, los aliados se encaminan a una discusión que modificaría la política inglesa y que representará la prueba de fuego para un gobierno al que muchos ven sostenido por alfileres.
Es posible que lo que se llegue a aprobar sea algo a medio camino entre el viejo sistema y la propuesta liberal, pero al poner a discusión algo así en el rígido sistema bipartidista inglés, Nick Clegg puede estar seguro que se salió con la suya.






No hay comentarios:
Publicar un comentario