viernes, 19 de marzo de 2010

Oropeles para la 'Mexicanidad'

Hubo pleito, berrinche, declaraciones y desquites. Los unos querían estar ahí, en primera fila, puestos para la foto, pero los otros les ganaron el pastel. Todo se había preparado desde meses antes, la mega obra atraía miradas en el centro de la ciudad y enriquecía las expectativas con carteles por toda la red del metro.

La inauguración fue pomposa, por decir lo menos. Los unos, resentidos, no acudieron; mientras los otros, satisfechos, contemplaba su creación quizá pensando “esto es lo que le hacía falta a México”.

El museo “México en tus sentidos” está ahí, en el Zócalo capitalino y recuerda, una vez más, que el oropel siempre será requerido para el festejo fácil, vacío y absurdo.

Normalmente no acostumbro celebrar el aniversario de la Independencia ni de la Revolución mexicana. Como muchos, creo que más allá del fervor patrio de ocasión, el amor, respeto -o como quieran llamarle- hacia el país debe demostrarse con acciones diarias y concretas. En año bicentenario considero que la reflexión y el festejo deben ser más profundos.

“La forma es el fondo” dijo Marcelo Ebrard cuando justificó su negativa a acudir a la inauguración del museo que fue acaparada por el gobierno federal.

El mismo argumento puede y debe utilizarse para criticar esa estructura que pretende o pretenden erigir como la representación de la Mexicanidad, así, con mayúscula.

Es el fondo, no la forma lo criticable. No me considero alguien experto para hablar del trabajo fotográfico de Willy Souza o la museografía del lugar –que dicho sea de paso, y esto ya es crítica, es mala-, pero el discurso se cae por sí mismo.

No puedo evitar recordar lo que escribió Jacobo Zabludovsky en su columna de El Universal “¡por fin: fotos de chinas poblanas, de niñas gorditas y chapeadas, de morenas con trenzas!”.

El mensaje trillado de siempre, el patriotismo barato, el indigenismo convenenciero y un largo etcétera. La exposición del armatoste-museo muestra un México de encaje y folleto para viajeros. Los niños felices, los paisajes, los trajes típicos, los oficios, los indígenas, están ahí, a lo largo de toda la estructura como una muestra del “mexican curious”, eso por lo que debemos sentiros orgullosos de ser mexicanos.

Y la exposición va más allá. Llega a otra sala, una mucho más grande en donde tres pantallas arrojan imágenes de calendario: más niños felices, más indígenas, en fin más terciopelo que termina en apoteosis con el abrazo colectivo a la bandera.

Es cierto que todo eso es México, pero también es más que eso. La parafernalia y la estructura en sí están huecas en un país con un gobierno que se empeña en recordarnos que tú eres el columpio de un parque, un poema de Sabines y el agua de horchata, pero olvida decir que también somos Juárez, Villas de Salvacar y la guardería ABC.

Salí del armatoste-museo un tanto molesto. Caminé por Madero y en la esquina de Isabel la Católica vi a los dos niños que, sentados en el suelo, acompañaban a su madre que pedía limosna. Eso también es México.


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