jueves, 25 de noviembre de 2010

El último paso de Haití

El poeta francés Raymond Radiguet escribió una vez: “el drama de ciertos seres, de ciertos países, no llega a afectarnos profundamente, puesto que, aunque resulte horrible decirlo, se considera que han nacido para ello”. La frase es aplicable a cientos, miles de lugares en todo el mundo, pero este año hace pensar irremisiblemente en uno: Haití.

Hace ya once meses que un sismo de 7.3 grados destruyó el ya derruido país –el más pobre de América y uno de los más pobres del mundo- y acabó con la vida de entre 200 y 250 mil personas. Caos sobre caos. Cuerpos descomponiéndose en las calles. El hambre de siempre agravada por la tragedia (¿se podía más?). Un pelotón de reporteros enviados de todas partes del mundo para cubrir el dolor de un país que, por lo regular, no sale en las noticias.

La cobertura mediática de hace casi un año entre los escombros de Puerto Príncipe hizo al mundo mirar durante un tiempo la desgracia de Haití, no sólo la que dejó el sismo, si no la que padece desde hace siglos este país. Millones de dólares de la comunidad internacional se invirtieron para ayudar a las víctimas y millones más de prometieron para reconstruir un lugar mal construido. Pero el drama haitiano nos afectó (o nos interesó) durante poco tiempo.

Luego del sismo vino el huracán Tomas y, casi al mismo tiempo, el cólera. 1.3 millones de haitianos soportaron el paso del meteoro en los campos de refugiados a donde los expulsó el sismo de enero; sólo 20 murieron. Sin embargo, las secuelas de Tomas son incuantificables. El brote epidémico que ya padecía el país se agravó tras el huracán y mantiene a Haití sumido en su última tragedia del año a tres días de que se realicen elecciones presidenciales.

Poco después del terremoto, la comunidad internacional presionó para que la jornada electoral prevista para octubre no fuera suspendida y, de ser necesario, sólo se aplazara para el mes siguiente. Ahora, con la epidemia de cólera creciendo a un ritmo acelerado según informó la ONU, el gobierno de René Preval ha salido a asegurar que habrá elecciones, además de calificarlas como “las más importantes en la historia de Haití”. Quizá no exageren.

¿Cómo tener elecciones en un país considerado un estado fallido, en donde más del 50% de las personas no tiene documentos de identidad? ¿Por qué se arriesga Haití al realizar unas elecciones sobre un andamiaje tan endeble? Porque las elecciones pueden ser el primer paso para su reconstrucción, aunque también pueden ser el último de su hundimiento.

La tarea no es sencilla. La mayoría de la gente en Haití nunca ha tenido una tarjeta de identidad que le permita votar y a última hora se han comenzado a repartir miles de ellas en todo el país. Los haitianos incluso han causado trifulcas en su afán por conseguir una de ellas, y quizá su mayor interés sea no morir sin un documento de identidad en lugar de usarlo para acudir a votar.

Además, el mapa electoral y de casillas ha quedado irreconocible tras el sismo. Newsweek reportó que Estados Unidos ha destinado al menos 14 millones de dólares para informar a la gente sobre las nuevas ubicaciones de los centros de votación. La Misión de las Naciones Unidas para la Estabilidad en Haití (Minustah), repudiada en todo Haití por ser, supuestamente, culpable del brote de cólera, ha desplegado a todos sus elementos en la isla para que vigilen la jornada y la OEA envío a un grupo de observadores que hasta el momento han validado los esfuerzos para que las elecciones se realicen.

En febrero pasado la ONU solicitó un fondo de recursos para Haití de $1 144 millones de dólares, el más grande en la historia. Aunque la cantidad se juntó sin demoras, el dinero no ha sido entregado en su totalidad al país. El temor a que la corrupción hiciera desaparecer gran parte de esos recursos obligó a la comunidad internacional a condicionar su entrega sólo si se realizaban elecciones en Haití.

Así, el que las elecciones se realicen con éxito y que el resultado sea aprobado por los observadores internacionales sería un gran logro para el país. Ese sería el primer paso deseable, aunque el más difícil sería que el gobierno elegido deje el lastre de la corrupción que afecta a Haití e inicie su reconstrucción.

En el país, pocos creen que algo así pueda ocurrir. Las últimas encuestas han dado como favorito a Jude Celestin, quien representa como ningún otro de los candidatos la paradoja haitiana.

Desconocido hace unos meses, Celestin, yerno del presidente René Preval, era director del Centro Nacional de Equipos. Después del terremoto, fue comisionado para organizar la reconstrucción de un país que a casi un año del desastre no muestra signos de mejora en su infraestructura. Aún así, su candidatura sigue boyante y quizá sea quien opere el futuro de Haití, cualquiera que sea.

René Depestre, uno de los poetas haitianos más famosos en la actualidad, escribió en su poema ‘El neumático incendiado’:


“¡En el país primer productor mundial

de desdichas y de zombis,

yo voto por Toussaint Loverture (quien abolió la esclavitud)

en contra del eterno retorno del látigo a mi lomo”


…ojalá ese voto sirva de algo.

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