Mucho se ha escrito y mucho más se escribirá sobre el trabajo de WikiLeaks y la reciente publicación de 250 mil documentos del Departamento de Estado de Estados Unidos y 270 embajadas y consulados en todo el mundo en lo que es la mayor filtración de secretos diplomáticos de la historia.
“WiKiLeaks representa el nuevo-nuevo periodismo”, “WikiLeaks es necesario para los periodistas”, “WikiLeaks es un peligro”, “es un grupo terrorista”, “la filtración es el 11-S de la diplomacia estadounidense”, son algunas de las frases que ha merecido el nuevo escándalo del sitio dirigido por el australiano Julian Assange. Y, como pasa siempre, la inmediatez del análisis suele tornarlo exagerado… o deficiente.
Hablar del caso WikiLeaks en general, y del ‘cablegate’ (como ya le llaman) en particular, contempla varias aristas. Para algunos, el papel que representa el sitio es nocivo, peligroso e ilegal. Para otros, los más, enarbola las causas humanitarias que priorizan el derecho a la información por sobre la confidencialidad de ciertos sectores y decisiones de un Estado. En cualquier caso, las posturas son extremas.
¿Qué es WikiLeaks para el periodismo?
Julian Assange declaró una vez a The New Yorker, que él busca crear un nuevo estándar del periodismo, al que llama “periodismo científico”. En él, el medio ofrece al lector no sólo el trabajo terminado, sino todos los pasos de la investigación y los datos con los que se realizó. Sin querer llamarse periodista, Assange defiende el derecho del público de verificar y analizar ellos mismos la materia prima de las noticias, la información pura.
A raíz de la nueva filtración del sitio, varios medios han “aceptado” la importancia de WikiLeaks y la ayuda que da al trabajo periodístico. Muchos otros lo califican como un medio de comunicación y con base en la afirmación defienden su derecho a compartir los documentos secretos con el mismo rigor con que se defiende el trabajo de cualquier otro medio de comunicación.
Sin embargo, la percepción es errónea. Sin ánimo de pretender ser ideólogos del periodismo y sólo con base en la descripción que el sitio hace de sí mismo, se puede deducir que WikiLeaks ni es un medio de comunicación, ni hace periodismo. El trabajo del sitio –al igual que el de cualquier medio de comunicación- se puede dividir en tres tiempos: obtener la información, analizarla y publicarla. En este proceso, WikiLeaks no interviene directamente en ninguna de las etapas.
El sitio se nutre de filtraciones de documentos secretos y clasificados -de gobiernos o empresas- por parte de personas que tienen acceso a ellos. WikiLeaks ofrece, según se lee en la página, las facilidades para que la información les sea enviada con la total garantía del anonimato para las fuentes.
Recopilada la información, WikiLeaks, o Julian Assange directamente, seg
ún ha declarado, decide qué es lo que se difundirá. No realiza un análisis, pues sube la información íntegramente, tal y como la recibió, aunque quizá sí elija aquella que pueda ser más reveladora.
Concluida esta etapa, WikiLeaks recurre a los “medios tradicionales” para publicar los documentos. En el reciente caso del “cablegate”, el portal reveló la información a The New York Times, The Guardian, Der Spiegel, Le Monde y El País de forma incondicional, según han declarado, y dejó en sus manos la decisión de qué hacer con la información y qué se publicaría. Según otros medios, como The Wall Street Journal y CNN, WikiLeaks también les ofreció los documentos con la única condición de respetar el anonimato de la fuente.
¿Por qué tanto enredo? ¿Por qué WikiLeaks no elimina al intermediario y publica en su sitio toda la información que quiera y de la forma en que decida? ¿Por qué entregar en bandeja de plata información tan valiosa a medios que al final se quedarán con los aplausos y las envidias por la exclusiva mientras WikiLeaks recibe las descalificaciones e investigaciones judiciales?

Es cierto, WikiLeaks no siempre ha obrado de esta manera. En el caso del video difundido en abril pasado en donde se ve cómo un grupo de soldados estadounidenses asesinan a 16 civiles en Irak, incluidos dos reporteros de Reuters, WikiLeaks se saltó a ese intermediario y publicó las imágenes. Pero quizá ese caso sea único en virtud de que el video no requería el mismo análisis, jerarquización y revisión que sí se debe dar a 250 mil documentos.
Sin embargo, al valerse del prestigio y del rigor de medios tan importantes, WikiLeaks crea una base sólida para su discurso del derecho a la información sobre todas las cosas. Assange parecer decir: ¿cómo dudar de un sitio que no busca el reflector, que entrega la información aún a sabiendas de que ésta puede ser a su vez consultada con el mismo gobierno al que denuncia? (The New York Times informó que después de recibir los documentos consultó con el Departamento de Estado de EU e incluso lo invitó a sugerir de qué forma se publicarían. El País realizó algo similar con el gobierno Español).
No es que WikiLeaks represente al nuevo periodismo, pero sí contribuye a reformarlo, reencausarlo. El papel del periodista es indagar más allá de la versión oficial, buscar los datos que revelen verdades no por el simple hecho del chismorreo político, sino por la intención, quizá romántica, de contribuir a la sociedad. Seguramente algún día habrá varios WikiLeaks, mejores, más transparentes (esta es la única crítica que tengo del sitio) o, quizá mejor, algún día los medios retomen ese espacio que siempre debió de ser su lugar natural.
Un ‘cablegate’ muy inflado
Apenas unas horas después de que las cinco publicaciones elegidas por WikiLeaks para ser destinatarias de la información difundieran los primeros adelantos, el ministro de exteriores italiano, Franco Frattini, en un tono tremendista, dijo que el hecho representaba “el 11-S de la diplomacia mundial que podría reventar las relaciones de confianza entre los estados”.
En un primer momento, la percepción no parecía errónea. Un cuarto de millón de documentos secretos revelaban la forma en que opera EU para obtener información de primera mano sobre gobiernos extranjeros, así como las opiniones personales de los representantes de Washington en diversas latitudes. Un escándalo.
Sin embargo, con el paso de las horas y días, el globo del ‘cablegate’ fue mostrando su cara más banal. Lo que al principio pareció ser una mecha prendida que dinamitaría las relaciones estadounidenses con medio mundo, literalmente, poco a poco se revela como un escándalo de chismes políticos, datos absurdos, obviedades y lugares comunes que no parecen tener el peso suficiente para provocar las crisis o conflictos mundiales que muchos temieron el domingo pasado.
Quizá haya molestia en algunos gobiernos, después de todo es vergonzoso saber lo que la potencia mundial opina de los líderes de otros países. Sin embargo, una muestra de lo rápido que pueden cicatrizar estas heridas la ofreció la propia Hillary Clinton en la rueda de prensa que dio un día después de que se desatara el escándalo. La secretaría de Estado de EU informó que el representante de uno de los gobierno más mencionados en los cables le dijo: “no se preocupe, debería ver lo que nosotros decimos de ustedes”.
Sí, es prematuro juzgar al ‘cablegate’ de forma tan contundente cuando no se ha revelado más que una mínima parte de los documentos. Sí, entre esa maraña de chismes hay algunos datos interesantes; pero, en general, la filtración de WikiLeaks ha sido inflada por reflectores que antes estuvieron ausentes en revelaciones más importantes y preocupantes como las de la guerra en Irak y Afganistán.
Juzguemos la calidad de los datos revelados por WikiLeaks. ¿Será más importante saber si Hillary Clinton se preocupa por la salud mental de Cristina Fernández, presidenta de Argentina, o si Evo Morales, presidente de Bolivia, tiene un tumor en la nariz, que preocuparnos por que se investiguen las 109 mil muertes ilegales en Irak que reveló el mismo portal?
¿Alguien se sorprende de que Washington califique a Vladimir Putin, primer ministro de Rusia, como un “macho alfa” cuando muchas veces lo hemos visto sin camisa, leñando, escalando, cazando, etc?
¿Es tan novedoso el saber que Silvio Berlusconi, primer ministro italiano, tiene gusto por las “fiestas salvajes” como escribió un diplomático en otro cable, cuando el mismo Berlusconi ha revelado cosas peores sobre él en otros momentos?
¿Alguno de ustedes no ha podido dormir desde que sabe que el líder libio Muammar Gadafi es hipocondríaco y adicto al bótox?
La importancia y seriedad del trabajo de WikiLeaks choca con un muro de banalidades que pueden ridiculizarlo. EU, Europa y varios países de América Latina han minimizado el impacto de la filtración; son “datos insignificantes”, dijo el brasileño Lula da Silva. Aún opositores como Irán dudan de la veracidad de los datos (aunque hay que señalar que en el colmo del complotismo, el gobierno de Teherán considera que todo es una estrategia urdido por WikiLeaks junto con Washington en su contra).
No se trata de descalificar esta nueva filtración de WikiLeaks. En los documentos hay informes que han merecido menos atención que los datos curiosos: la postura del mundo árabe sobre el programa nuclear iraní o las intenciones de China ante una eventual caída del régimen comunista en Corea del Norte, así como la orden de espiar a la ONU y su secretario Ban Ki-Moon por ejemplo, en verdad son importantes.
Cabe preguntarse ¿con qué óptica priorizaron la información los cinco medios elegidos por WikiLeaks? ¿Estará por venir lo mejor o ya han quemado sus mejores cartuchos? ¿Serán meses de datos curiosos y vergonzosos o datos preocupantes sobre algún gobierno?
No está ya en manos de WikiLeaks ni de Julian Assange el que el ‘cablegate’ no se quede en lo anecdótico, pero hasta ahora los medios han ayudado a colgarle, sin intención, ese calificativo. Ojalá nos equivoquemos.






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