viernes, 11 de febrero de 2011

Anatomía adelantada de Egipto

El desarrollo de los acontecimientos en Egipto coincide con mi lectura de un libro imprescindible: “Anatomía de un instante”, de Javier Cercas. Con delicia, el escritor narra los acontecimientos del golpe de Estado fallido en España en 1981 y hace una disección de los hechos, los momentos, las reacciones y los personajes.

¿Qué se escribirá en unos años o meses de lo que hemos visto estos 17 días en Egipto y específicamente la noche de ayer en El Cairo? ¿Qué se dirá de los protagonistas una vez que el tiempo permita un análisis más frío y quizá revele datos que ahora desconocemos? Podemos esperar a que este hipotético libro sea escrito o aventurar un análisis, inacabado, de lo que piensan y esperan los personajes clave del conflicto egipcio.


Hosni Mubarak.

Como todo buen dictador, Mubarak no se siente un dictador. En su mensaje televisivo de hoy, además de desilusionar a miles que esperaban su renuncia, dejó ver la verdadera imagen que tiene de sí mismo.


El presidente egipcio se dirigió a los opositores como un padre, pidió un velado perdón y uso la retórica nacionalista para calmarlos. Más allá de que prometió castigar los crímenes de los últimos días y asegurar que las reformas acordadas se implementarán, destacó la imagen que ofreció de su persona: “el mejor día de mi vida fue cuando alcé la bandera de Egipto sobre el Sinaí”.

Mubarak sopesa su biografía y asume una lógica extraña, como bien apunta el internacionalista Mauricio Meschoulam: “Después de 36 años de trabajar por ustedes, me voy a ir en septiembre ¿qué más quieren?”.

Para él, no es posible ceder más. Aceptó no presentarse a una nueva elección, no legar el cargo a su hijo y emprender reformas constitucionales de fondo. Para él, ´”un héroe” como lo llamó ayer el vicepresidente Suleiman, es inconcebible el empecinamiento de los opositores que en la Plaza Tahrir gritan desde hace dos semanas: “Si no se va él, nosotros no nos vamos”.

Dejar el poder, ceder ante las presiones de los manifestantes y de EU, sería para Mubarak no sólo una “ofensa a su condición de héroe de guerra”, sino su paso a la historia como el presidente derrocado, algo impensable para su egocentrismo.





Omar Suleiman.

Recién nombrado vicepresidente, el ex director del servicio de espionaje de Egipto, y uno de los más poderosos del mundo según Foreing Policy, detenta un cargo que desde hace tiempo ya ocupaba de facto.

Desde las sombras, Suleiman esperó durante años ser el sucesor natural de Mubarak. Operó el aparato de Estado y sirvió hacia el exterior como pieza clave del régimen para posicionarse como protagonista clave en Medio Oriente. Iniciadas las manifestaciones y tras las primeras concesiones de Mubarak a los opositores, Suleiman vio libre su camino una vez que el mandatario aseguró que su hijo no sería su sucesor.

Para algunos como Alfredo Jalife, el papel de Suleiman, quien ahora opera con poderes similares a los del presidente, es el de asegurar una salida segura de Mubarak en septiembre. Agregan que también buscaría resguardar una supuesta fortuna de 70 mil millones de dólares amasada en 30 años, cifra que ha sido descalificada por la revista Forbes.

Apenas en una semana al frente de los reflectores, Suleiman ha dejado entrever cuál será su papel en el futuro de la crisis y cuál es su vocación. Antes y después del mensaje de no renuncia de Mubarak, el vicepresidente emitió dos ultimatums a los opositores: “regresen a sus casas y consideren el riesgo de no hacerlo”.

No es que crea que lo escucharán, que la gente congregada en El Cairo y otras ciudades regresará a sus actividades, quizá espera que no lo hagan.

Barack Obama.

Algo pasó durante las horas que transcurrieron entre el anuncio de que Hosni Mubarak daría un mensaje importante y el momento en el que salió a desmentir su renuncia. La postura de Estados Unidos ante el rumor de la posible salida del líder egipcio escaló rápidamente desde eso, un rumor, a algo que era sólo cuestión de trámite para que se confirmara.

Desde la redacción seguimos los anuncios del director de la CIA, Leon Panetta, quien dijo que había “una gran probabilidad” de que Mubarak renunciara.

Después el mismo presidente Barack Obama pidió esperar a ver el desarrollo de los acontecimientos para emitir una opinión, pero no pudo esperar mucho. Durante un encuentro con jóvenes en Michigan, Obama reiteró el apoyo de EU a un proceso de transición en Egipto y, más revelador aún, dijo que en esos momentos “se asistía al desarrollo de la historia egipcia”.





Después de las palabras de Obama se pensó que la renuncia de Mubarak era inminente, quizá él mismo lo pensaba así.

Pero algo pasó entre esos dos momentos. O Mubarak cambió de idea y durante la reunión que sostuvo con su vicepresidente vio que con el ejército, Israel y otros países árabes de su lado podía retar las exigencias de EU (de ahí su reiterado rechazo a la “injerencia extranjera” que pronunció en su mensaje) o simplemente dejó que Obama pensara que su renuncia era cuestión de horas para finalmente demostrar que no piensa obedecer ni a su mayor aliado y proveedor financiero.

Lo que haya sucedido sorprendió a la Casa Blanca, que reaccionó pidiendo hechos concretos y explicaciones sobre el “ambiguo” mensaje de Mubarak. Lo que haya sucedido sorprendió a Obama, quien seguramente pensaba que había logrado superar el fantasma revivido de la revolución iraní al que tanto temía.

Mohamed El Baradei.

Quizá desde el inicio de las manifestaciones, la figura de Mohamed El Baradei como el principal opositor que podría encabezar una transición en Egipto quedó superada. Lo superaron los miles de jóvenes que se negaron admitirlo como un líder, que por Internet lograron una convocatoria anónima que él no logró aún cuando se sumó a las protestas en las calles.

Pero el ex director de la Agencia Internacional de Energía Atómica se ha sabido mover en esas aguas desfavorables. Aún sin un apoyo popular tan grande como el de otros grupos opositores, aceptó su interés por encabezar una presidencia de transición y abrió la puerta a una alianza con la Hermandad Musulmana para lograrlo.

En un texto publicado en The New York Times horas después del mensaje de Mubarak, El Baradei traza su hoja de ruta de lo que debe ser la transición egipcia: “los nuevos líderes necesitarán disolver el Parlamento, que ya no representa a la gente. Necesitarán abolir la Constitución, que se ha convertido en un instrumento de represión y reemplazarla con una Constitución provisional”.

Busca demostrar que sabe qué hacer cuando Mubarak (“una caricatura de líder”, lo llamó en su artículo) se vaya, pero sabe que eso no sucederá lanzando ultimatums al régimen y exigiendo respuestas a EU, por eso, apela a los jóvenes, esos que lo superaron y quienes quizá sean los destinatarios de sus palabras cuando se refiere a “los nuevos líderes”.



Los manifestantes.

En las imágenes que mostraban CNN y Al Jazeera, todo era fiesta en la Plaza Tahrir antes del anuncio de Mubarak. Los miles de manifestantes en verdad confiaban en que el régimen de 30 años estaba a horas de desaparecer. Luego vino el anuncio, vino la sorpresa y el enojo.

Quizá la mayoría en esa plaza no pensó que harían si el anacrónico faraón no se iba, por eso las primeras reacciones después de la no renuncia de Mubarak rogaban que el poder pasara a manos de Suleiman, “cualquiera menos Mubarak”.

La primera decisión fue no irse ellos. Marchar y mantener su exigencia a pesar del segundo ultimátum en dos días para que regresaran a sus casas y esperan a ver la transición en septiembre.

Ellos saben que no se irán, y saben que al menos el vicepresidente sabe que no lo harán. No cederán ahora y bajo esa lógica harán todo lo posible para que Mubarak se vaya. ¿Todo lo posible? En ese amplio espectro esta el riesgo de lo que puede ocurrir en los próximos días u horas.

Hay militares resguardando los puntos principales de El Cairo mientras los manifestantes marchan hacia ellos. ¿Qué harán unos y otros cuando las exigencias, ante la sordera de Mubarak, crezcan en intensidad y quizá en violencia? Remember Tiananmen, advierte Irene Selser. Esperemos que esta advertencia no se convierta en hecho registrado en los libros en los próximos años.

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