viernes, 25 de mayo de 2012

Elecciones en Egipto: 'primavera que no llega'


Han pasado quince meses desde que el ex presidente de Egipto, Hosni Mubarak, salió de El Cairo hacia su casa de descanso en Sharm el Sheij, con lo que terminaron sus tres décadas de gobierno. En ese entonces era excesivo asegurar que la llamada ‘primavera árabe’ había triunfado y aún ahora, después de que los egipcios han celebrado elecciones parlamentarias y presidenciales, sigue siendo desproporcionado decirlo.

Sin embargo, no se puede negar que Egipto ha vivido cambios significativos, algunos más importantes que otros, pero que poco a poco van definiendo lo que algún día podría ser la estabilización del país. Esta semana se realizó la primera vuelta de las elecciones presidenciales. Como han destacado muchos medios occidentales, son las primeras que se realizan sin que los egipcios sepan de antemano quién será el ganador. Durante el gobierno de Mubarak, la pantomima electoral arrojaba un triunfador obvio: el propio presidente, quien acudía a votar a una urna solitaria, en una alfombra roja que sólo él pisaba. 

Ya no hay alfombra roja, pero el escenario de fondo sigue ahí:

1.- Los egipcios eligieron entre 13 candidatos. Los más poderosos representan en términos generales a dos corrientes contrarias: el islamismo y la continuidad. Aunque los resultados se conocerán hasta la próxima semana, los Hermanos Musulmanes aseguraron que su candidato, Mohamed Morsi, fue el triunfador. Al no haber alcanzado más del 50% de los votos, se enfrentaría en una segunda vuelta a mediados de junio con Ahmed Sahfiq, el último primer ministro de Hosni Mubarak. 

Morsi o Sahfiq, islamistas o ‘mubarakistas’, uno de ellos será el nuevo presidente, pero eso no significa que vaya a tener el control total del poder. Arriba está la Junta Militar, que asumió el control del país tras la caída de Mubarak y que representa los 60 años de gobierno castrense que ha tenido Egipto. El presidente, sea quien sea, deberá remar a contracorriente para aprobar una nueva Constitución que tenga el visto bueno de los militares, lo que significa que estos acepten ceder el poder a manos civiles sin que sus intereses económicos sean afectados (algunas estimaciones aseguran que el ejército tiene participación en 30% de las empresas del país).

Además, el ejecutivo deberá operar con un Parlamento dominado por los Hermanos Musulmanes. Si Morsi gana la segunda vuelta, la relación sería sencilla, aunque aún así es dudoso que vayan a plantar cara al poder de los militares. Por el contrario, si Sahfiq se convierte en el nuevo presidente, el bloqueo parlamentario estaría garantizado. 



2.- El proceso de normalización en Egipto aún será largo después de elegir a un presidente. La estructura política y económica de todo el país descansa sobre las bases formadas por Mubarak. Las instituciones de seguridad y justicia están encabezadas por leales al dictador que en el discurso se han desligado de él. Incluso las autoridades electorales no gozan de autonomía. La comisión electoral, nombrada por la Junta Milita, ha sido cuestionada por haber descalificado a 10 de los candidatos presidenciales, entre ellos a dos islamistas muy populares. 

Lo mismo pasa con el poder judicial. Grupos opositores han denunciado que sólo en los seis meses que siguieron al inicio de las protestas del 25 de enero de 2011, el número de civiles procesados en tribunales militares ascendió a 12 mil, mientras que en 30 años de gobierno de Mubarak sólo 2 mil personas fueron juzgadas por cortes castrenses.
Al menos la elección de un presidente abriría el proceso de redacción de la nueva Constitución, el cual fue aplazado por la Junta Militar hasta que se cumpliera este requisito. Sin embargo, este paso, como todos los que pretendan llevar hacia adelante a Egipto, pasa por el gran obstáculo que representa el ejército. 

El presidente, con poderes acotados, trabajará bajo presión por varios frentes: la Junta Militar, que no dejara ir sus prebendas tan fácilmente; el Parlamento que, como ya se explicó, puede representar un actor de presión o de freno importante y por último los jóvenes de la plaza Tahrir, actores primarios en el movimiento revolucionario, que de ninguna forma aceptarán una Constitución a medias que no logre dejar el poder en manos civiles. 

Analistas como David Kennedy, en Al Jazeera, aseguran que el cambio debe ser aún más profundo. La reforma política encarnada en la constitución no puede dar resultados mientras Egipto no experimente una reforma económica y cultural.
Esta primera vuelta electoral es un paso más del movimiento que cimbró al mundo árabe hace un año, pero las flores de esta revolución aún no han madurado, y no se puede decir lo contrario.

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