Agosto de
2010. Policías londinenses entran a un departamento en la avenida Alderney. El
domicilio está cerrado por dentro, no hay puertas ni ventanas forzadas. En el
piso del baño hallan una gran bolsa de deportes cerrada con candado; adentro, están
las llaves de la cerradura, además del cuerpo desnudo de un hombre, en estado
de descomposición. Hasta aquí la trama ya es compleja, pero es sólo la primera
parte.
Dentro de
la bolsa, además del cadáver con al menos dos semanas de descomposición, los
policías encontraron un celular y varias tarjetas SIM.
El cadáver
hallado es el de Gareth Williams, de 31 años. Deportista, asiduo al ciclismo,
reservado, con un genio matemático que
le permitió graduarse de la universidad a los 17 años, Williams era también un
agente del servicio secreto MI6, era un espía inglés.
Año y medio
después de la muerte de Williams, la compleja historia que parece sacada de la
mente de Ian Fleming llegó a su fin… por así decirlo. La juez Fiona Wilcox
determinó que hubo una intención criminal en la muerte del agente especializado
en descifrar códigos, pero quizá nunca se sabrá más. El proceso de
investigación incluyó la comparecencia de 37 agentes del MI6. Con el veredicto,
la juez desecha los argumentos que calificaban la muerte de Williams como un
accidente provocado por una práctica sexual de riesgo.
La policía también quiso tener su papel bizarro en esta historia, y contrató a un experto en yoga para demostrar que podía encerrarse sólo en la bolsa.
El espía ya
había sido hallado atado a la cama por su casero en una ocasión y en su
apartamento se encontraron ropas de mujer nuevas, pero su familia ha desmentido
que Williams fuera gay o usara la asfixia como práctica sexual. Además, la juez
dijo en sus conclusiones que estaba segura de que otra persona había colocado
el cuerpo del agente en la bolsa y la había dejado en el piso del baño. De ser
cierto, el implicado se habría dado tiempo de limpiar sus huellas del lugar,
encender la calefacción para acelerar la descomposición y salir del
departamento.
Fiona
Wilcox concluyó que el agente fue “unlawfully killed” (por chistoso que
se escuche es un veredicto contemplado en las leyes inglesas, vean), aunque se declaró incapaz de nombrar
a un culpable y dijo que pese a la extrañeza del caso su muerte podría no estar
vinculada a su trabajo. Sin embargo, criticó a los servicios secretos ingleses
de la misma manera en que lo hizo la familia de Williams por su postura a lo
largo del caso. La labor del MI6 y de la policía antiterrorismo abonó más
polémica a la de por sí extraña muerte del agente.
No es el Ministerio de la Verdad, es el MI6
La agencia
reportó la desaparición de Williams hasta que su hermana lo buscó, una semana
después de su muerte. El MI6 fue criticado por no haber encendido antes la
alarma por la desaparición de uno de sus agentes que llevaba días sin
presentarse a trabajar. Además, omitió reportar a la policía el hallazgo de
nueve memorias USB en la oficina de Williams y se negó a revelar el contenido
de ellas alegando motivos de seguridad.
“Hemos
aprendido una lección”, dijo John Sawers, jefe del servicio secreto inglés. En la
tónica de esta historia y como si fuera la serie “Misterios sin resolver” y no
una investigación judicial, la jueza concluyó que "la mayor parte de las
preguntas fundamentales con relación a cómo murió Gareth continúan sin
respuesta". Vaya historia.
Recomiendo estos dos textos sobre el caso (en inglés):
"El caso de Gareth Williams debería preocuparnos". The Guardian
"Por qué el caso de Gareth Williams podría tener consecuencias desastrosas para la seguridad cibernética de Inglaterra". The Telegraph







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